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6/28/2006 FragmentosLo miraba vivir. Mi opinión sobre el se modificaba de continuo, cosa que solo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los demás nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por toda.
Nada es más lento que el verdadero nacimiento de un hombre
Pero aun la dedicatoria más extensa es una manera bastante incompleta y trivial de honrar una amistad fuera de lo común. Cuando trato de definir ese bien que me ha sido dado desde hace años, advierto que un privilegio semejante, por raro que sea, no puede ser único; que debe existir alguien, siquiera en el trasfondo, en la aventura de un libro bien llevado o en la vida de un escritor feliz, alguien que no deje pasar la frase inexacta o floja que no cambiamos por pereza; alguien que tome por nosotros los gruesos volúmenes de los anaqueles de una biblioteca para que encontremos alguna indicación útil y que se obstine en seguir consultándolos cuando ya hayamos renunciado a ello; alguien que nos apoye, nos aliente, a veces que nos oponga algo; alguien que comparta con nosotros, con igual fervor, los goces del arte y de la vida, sus tareas siempre pesadas, jamás fáciles; alguien que no sea ni nuestra sombra, ni nuestro reflejo, ni siquiera nuestro complemento, sino alguien por si mismo; alguien que nos deje en completa libertad y que nos obligue, sin embargo, a ser plenamente lo que somos.
Nuestro intercambio con los demás no se produce más que por un cierto tiempo; se desvanece una vez lograda la satisfacción, la lección sabida, el servicio obtenido, la obra acabada. Lo que yo era capaz de decir ya está dicho; lo que hubiera podido aprender ya esta aprendido. Ocupémonos ahora de otras cosas. Marguerite Yourcenar Che Yo tuve un hermano. No nos virnos nunca Yo tuve un hermano No nos vimos nunca J.C.
La conciencia de la edad no la dan los calendarios sino lo que logramos hacer y descubrir. Es como el movimiento que no lo genera la velocidad sino el espacio recorrido, la conciencia de los detalles y las conexiones de lo visto con lo vivido. Por eso hay cosas que se mueven sin sentido. Y vidas que son como esas cosas y al fin quedan clasificadas dentro de lo que estorba.
… eso quizás es el juego en el que estamos comprometidos, en saber que estamos detrás de nosotros mismos… porque la vida, además de lo que pasa, es lo que pudo pasar. Es decir tenemos un doble que hace otras cosas, que nos llama y a la vez nos pone obstáculos para que no lo encontremos. Y ese doble quizás sea el que esta vivo porque carece de edad y nosotros los que vamos agotando el tiempo que hace doble no le hace falta.
… uno es el agua de la sed que tiene, el silencio que calla nuestra lengua, el pan, la sal, y la amorosa urgencia de aire movido en cada célula. J.S.
… es un temor de algo, de cualquier cosa, de todo se amanece con miedo. El miedo anda bajo la piel, recorre el cuerpo como una culebra. No se quisiera hablar, mirar, moverse. Se es frágil como una lamina de aire. Vecino de la muerte a todas horas, hay que cerrar los ojos defenderse. Se esta enfermo de miedo como de paludismo, se muere de soledad como de tisis. Alguien se refugia en las pequeñas cosas, los libros, el café, las amistades, busca paz en la mujer, reposa en la esperanza, pero no puede huir es imposible: Amarrado a sus huesos, atado a su morir como a su vida. Ha de aprender con llanto y alegría, ha de permanecer con los ojos abiertos en el agua espesa de la noche hasta que el día llegue a morderle las pupilas. El día le dará temores, sueños, alucinadas luces y caricias. No sabrá preguntar. No ha de querer morirse. J.S.
No quiero convencer a nadie de nada. Tratar de convencer a otra persona es indecoroso, es atentar contra su libertad de pensar o de creer o de hacer lo que le de la gana, yo quiero solo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Que cada uno llegue a la verdad por sus propios pasos, y que nadie le llame equivocado o limitado. (¿Quién es quien para decir “esto es así”, si la historia de la humanidad no es más que uno historia de contradicciones y de tanteos y de búsquedas?). Si a alguien he de convencer algún día, ese alguien ha de ser yo mismo. Convencerme de que no vale la pena llorar, ni afligirse, ni pensar en la muerte. “La vejez, la enfermedad y la muerte”, de Buda, no son mas que la muerte, y la muerte es inevitable. Tan inevitable como el nacimiento. Lo bueno es vivir del mejor modo posible. Peleando, lastimando, acariciando, soñando. (¡Pero siempre revive del mejor modo posible¡). Mientras yo no pueda respirar bajo el agua, o volar (pero de verdad volar, yo solo, con mis brazos), tendrá que gustarme caminar sobre la tierra, y ser hombre, no pez ni ave. No tengo ningún deseo que me digan que la luna es diferente a mis sueños. J.S.
Nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultaneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. J.C. Un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento. J.C.
Un hombre es siempre mas que un hombre y siempre menos que un hombre, mas que un hombre porque encierra eso que el jazz alude y soslaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñara a los niños la primera frase de un blues, etcétera, etcétera. J.C.
Todavía no tiene nada detrás de los ojos. Como los pájaros que comen las migas que uno les tira. Te miran, las comen, se vuelan… no queda nada. J.C.
La soledad del hombre junto al hombre, la irrisoria comedia de los saludos, el perdón al cruzarse en las escaleras, el asiento que se sede a las señoras en el metro, la confraternidad en la política y los deportes. Solo un optimismo biológico y sexual podría disimularle a algunos su insularidad. J.C.
Cuando estaba yo en mi causa primera, no tenia a Dios…; me quería a mi mismo y no quería nada mas; era lo que quería, y quería lo que era, y estaba libre de Dios y de todas las cosas… por eso suplicamos a Dios que nos libre de Dios, y que concibamos la verdad y gocemos eternamente de ella, allí donde los ángeles supremos, la mosca y el alma son semejantes, allí donde yo estaba y donde quería eso que era y era eso que quería. J.C.
Para leer en forma interrogativa
Has visto Verdaderamente has visto La nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa Has tocado De verdad has tocado El plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás Has vivido Como un golpe en la frente El instante, el jadeo, la caída, la fuga Has sabido Con cada poro de la piel sabido Que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón Había que tirarlos Había que llorarlos Había que inventarlos otra vez. J.C. Vení a dormir conmigo: No haremos el amor, el nos hará. J.C.
Son ciertas las memorias Y la soledad La vida es cierta Y el olor a lluvia Todos estos días son ciertos Es cierto el pez (como no lo dije antes) Y el deseo de cambiar las cosas Entrar en los cafés es cierto Y salir al mundo Agarrarse de el un solo instante. Miguel Barnet, Todos estos días.
El que se va se lleva su memoria, su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca.
Hasta que un día otro lo para, lo detiene y lo reduce a voz, a piel, a superficie ofrecida, entregada, mientras dentro de si la oculta soledad aguarda y tiembla. Rosario Castellanos, Amor.
Luchamos por fijar nuestro anhelo, como si hubiera alguien, más fuerte que nosotros, que tuviera en memoria nuestro olvido. Luís Cernuda, Himno a la tristeza.
Quiero llorar porque me da la gana, como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un poeta, ni un hombre, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado. Federico García Lorca, Poema doble del lago Edem.
Date a volar Alfonsina Storni Noche
Tal vez esta noche no es noche, lo otro, o cualquier cosa... ¡Qué sé yo! ¡Faltan palabras, falta candor, falta poesía cuando la sangre llora y llora!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche! Si sólo me fuera dado palpar las sombras, oir pasos, decir «buenas noches» a cualquiera que pasease su perro, miraría la luna, dijera su extraña lactescencia, tropezaría con piedras al azar, como se hace.
Pero hay algo que rompe la piel, una ciega furia que corre por mis venas. ¡Quiero salir! Cancerbero del alma: ¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche! Aún quedan ensueños rezagados. ¡Y tantos libros! ¡Y tantas luces! ¡Y mis pocos años! ¿Por qué no? La muerte está lejana. No me mira. ¡Tanta vida Señor! ¿Para qué tanta vida?
Solamente
Yo comprendo la verdad estalla en mis deseos y en mis desdichas ya comprendo la verdad ahora Alejandra Pizarnik.
17
Desde que las últimas lluvias han dejado el cielo y se han quedado en la tierra -ciclo limpio, tierra húmeda y brillante- la claridad mayor de la vida que como el azul ha vuelto a lo alto, y en la frescura de haber habido agua se ha alegrado abajo, ha dejado un cielo propio en las almas, una frescura suya en los corazones. Somos, por poco que lo queramos, siervos del tiempo y de sus colores y formas, súbditos del cielo y de la tierra. Aquel de nosotros que más se embreñe en sí mismo, despreciando lo que le rodea, ese mismo no se embreña por los mismos caminos cuando llueve que cuando el cielo está sereno. Oscuras transmutaciones, sentidas tal vez sólo en lo íntimo de los sentimientos abstractos, se producen porque llueve o porque ha dejado de llover, se sienten sin que se sientan porque, sin sentir, se ha sentido al tiempo. Cada uno de nosotros es varios, es muchos, es una prolijidad de si mismos. Por eso, aquel que desprecia al ambiente no es el mismo que por él se alegra o padece. En la vasta colonia de nuestro ser hay gente de muchas especies, pensando y sintiendo de manera diferente. En este mismo momento, en que escribo, en un intervalo legítimo del hoy escaso trabajo, estas pocas palabras de impresión, soy yo quien las escribe atentamente, soy yo el que está contento de no tener que trabajar en este momento, soy yo el que está viendo el cielo allá fuera, invisible desde aquí, soy yo el que está pensando todo esto, soy yo el que siente al cuerpo contento y a las manos vagamente frías. Y todo este mundo mío de gente ajena entre sí proyecta, como una multitud diversa pero compacta, una sombra única –este cuerpo quieto y escribiente con que me reclino, de pie, contra el escritorio alto de Borges, donde he venido a buscar mi secante, que le había prestado.
36
ENCOGIMIENTO DE HOMBROS
Damos comúnmente a nuestras ideas de lo desconocido el color de nuestras nociones de lo conocido: si llamamos a la muerte un sueño es porque parece un sueño por fuera; si llamamos a la muerte una nueva vida, es porque parece una cosa diferente a la vida. Con pequeños malentendidos con la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las cortezas a las que llamamos panes, como los niños pobres que juegan a ser felices. Pero así es toda la vida; así, por lo menos, es ese sistema de vida particular al que, en general, se llama civilización. La civilización consiste en dar a algo un nombre que no le compete, y después soñar sobre el resultado. Y, realmente, el nombre falso y el sueño verdadero crean una nueva realidad. El objeto se vuelve realmente otro. Manufacturamos ideales. La materia prima sigue siendo la misma, pero la forma, que el arte le ha dado, la aleja de continuar siendo efectivamente la misma. Una mesa de pino es pino pero también es mesa. Nos sentamos a la mesa y no al pino. Un amor es un instinto sexual, pero no amamos con el instinto sexual, sino con la presuposición de otro sentimiento. Y esa presuposición es ya, en efecto, otro sentimiento. No sé qué efecto sutil de luz, o ruido vago, o memoria de perfume o música, tañida por no sé qué influencia externa, me ha traído de repente, en pleno ir por la calle, estas divagaciones que anoto sin prisa, al sentarme, en el café, distraídamente. No sé a dónde iba a conducir los pensamientos, o dónde preferiría conducirlos. El día es de una leve niebla húmeda y caliente, triste sin amenazas, monótono sin razón. Me duele un sentimiento que desconozco; me falta un argumento no sé sobre qué; no tengo deseo en los nervios. Estoy triste por debajo de la conciencia. Y escribo estas líneas, realmente mal-anotadas, no para decir esto, ni para decir nada, sino para dar un trabajo a mi distracción. Voy llenando lentamente, a trazos flojos de lápiz -que no tengo sentimentalismo para afilar- el papel blanco de envolver los bocadillos que me han dado en el café, porque no necesitaba uno mejor y cualquiera servía, siempre que fuese blanco. Y me doy por satisfecho. Me reclino. La tarde cae monótona y sin lluvia, con un tono de luz desalentado e inseguro... Y dejo de escribir porque dejo de escribir.
89
Doblaron la curva del camino y eran muchas jóvenes. Venían cantando por la carretera, y el sonido de sus voces era felices. Ellas, no sé lo que serían. Las escuché un rato de lejos, sin sentimiento propio. Una amargura por ellas me sintió en el corazón. ¿Por su futuro? ¿Por su inconsciencia? No directamente por ellas o, ¿quién sabe?, tal vez tan sólo por mí.
116
Me levanto de la silla con un esfuerzo monstruoso, pero tengo la impresión de que me la llevo conmigo, y que es más pesada, porque es la silla de la subjetividad.
122
Cuanto más alta la sensibilidad, y más sutil la capacidad de sentir, tanto más absurdamente vibra y se estremece con las cosas pequeñas. Es necesaria una gran inteligencia para sentir angustia ante un día oscuro. La humanidad, que es poco sensible, no se angustia con el tiempo, porque siempre hace tiempo; no siente la lluvia sino cuando le cae encima. El día empañado y lánguido escalda húmedamente. Solo en la oficina, paso revista a mi vida, y lo que veo en ella es como el día que me oprime y me aflige. Me veo niño contento por nada, adolescente que aspira a todo, adulto sin alegría ni aspiración. Y todo esto ha sucedido en la languidez y en lo empañado, como el día que me lo hace ver o recordar. ¿Cuál de nosotros puede, volviéndose en el camino en el que no hay regreso, decir lo que ha seguido como debía haberlo seguido?
149
Ningún problema tiene solución. Ninguno de nosotros desata el nudo gordiano; todos nosotros o desistimos o lo cortamos. Decidimos bruscamente, con el sentimiento, los problemas de la inteligencia, y lo hacemos o por cansancio de pensar, o por timidez de sacar conclusiones, o por la necesidad absurda de encontrar un apoyo, o por el impulso gregario de regresar a los demás y a la vida. Como nunca podemos conocer todos los datos de una cuestión, nunca podemos resolverla. Para llegar a la verdad nos faltan datos suficientes, y procesos intelectuales que agoten la interpretación de esos datos.
155
Todo es absurdo. Éste dedica la vida a ganar un dinero que guarda, y no tiene hijos a quien dejarlo ni la esperanza de que un cielo le reserve una trascendencia de ese dinero. Aquél dedica su esfuerzo a conseguir fama, para después de muerto, y no cree en esa supervivencia que le haría conocer su fama. Este otro se consume por conseguir cosas que en realidad no le gustan. Más adelante hay uno que (...). Uno lee para saber, inútilmente. Otro se divierte para vivir, inútilmente. Voy en un tranvía, y voy fijándome lentamente, de acuerdo con mi costumbre, en todos los detalles de las personas que van delante de mí. Para mí, los detalles son cosas, voces, frases. En este vestido de muchacha que va frente a mí, descompongo el vestido en la tela de que se compone, el trabajo con que lo han hecho -pues lo veo como vestido y no como tela- y el bordado leve que rodea a la parte que da la vuelta al cuello se me separa de un torzal de seda, con el que se lo bordó, y el trabajo que fue bordarlo. E inmediatamente, como en un libro elemental de economía política, se desdoblan ante mí las fábricas y los trabajos: la fábrica donde se hizo el tejido; la fábrica donde se hizo el tonal, de un tono más oscuro, con el que se orla de cositas retorcidas su sitio junto al cuello; y veo las secciones de las fábricas, las máquinas, los obreros, las modistas; mis ojos vueltos hacia dentro penetran en las oficinas, veo a los gerentes procurar estar sosegados, sigo, en los libros, la contabilidad de todo esto; pero no es sólo eso: veo, hacia allá, las vidas domésticas de los que viven su vida social en esas fábricas y en esas oficinas... Todo el mundo se despliega ante mis ojos sólo porque tengo ante mí, debajo de un cuello moreno, que al otro lado tiene no sé qué cara, un orlar irregular verde oscuro sobre el verde claro de un vestido. Toda la vida social yace ante mis ojos. Más allá de esto, presiento los amores, las intimidades, el alma, de todos cuantos trabajan para que esta mujer esté delante de mi en el tranvía, lleve, en torno a su cuello mortal, la trivialidad sinuosa de un torzal de seda verde oscura tejido verde menos oscuro.Me aturdo. Los asientos del tranvía, de un entrelazado de paja fuerte y menuda, me llevan a regiones distantes, se me multiplican en industrias, obreros, casas de obreros, vidas, realidades, todo. Salgo del tranvía agotado y sonámbulo. He vivido la vida entera.
209
Dios me creó para niño, y me dejó siempre niño. ¿Pero por qué dejó que la vida me maltratase y me quitase los juguetes, y me dejase solo en el recreo, estrujando con unas manos tan débiles el delantal azul sucio de lágrimas incesantes? Si yo no podía vivir sino acariciado, ¿por qué echaron fuera a mi cariño? Ah, cada vez que veo en la calle a un niño llorando, un niño exiliado de los otros, me duele más que la tristeza del niño en el horror desprevenido de mí corazón exhausto. Me duelo con toda la estatura de la vida sentida, y son mías las manos que retuercen el borde del delantal, son mías las bocas torcidas por las lágrimas verdaderas, es mía la debilidad, es mía la soledad, y las risas de la vida adulta que pasa me gastan como luces de fósforos frotados en el tejido sensible de mi corazón. Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://larayuela123.spaces.live.com/blog/cns!60434EBA473F676C!184.trak Weblogs that reference this entry
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